lunes, 14 de octubre de 2013

ESCALERA TRIANGULAR


Anoche fue la tercera vez que Martín durmió solo cuatro horas. Desciende hasta el andén, con una jauría de perros rabiosos en su mente, que si salieran de su lengua matarían a más de uno a fuerza de insultarlo.
“Joder con el metro. El marcador de los minutos no anda bien. Ya está aquí. ¿Todos vienen a la misma hora? Está lleno de payasos. Huele que apesta. El calvo ese no me quita ojo. ¿Y esta tía qué se cree? Me llama inmaduro y luego, a llorar como una niñata. A ver qué me dice el jueves el psiquiatra. A ver si me cambia la dosis. Esta no me quiere.Todo estaba mejor antes de conocerla. Joder, estoy gilipollas, otra vez se me ha pasado la parada. A esperar otra vez enfrente”.
Martín ya no recuerda cuando su cama era una escalera desde y hacia la apatía, pero pequeños demonios negros le persiguen desde la infancia. Hace unos meses a estas horas habría estado en posición fetal , con la cabeza en las rodillas, pero viendo en el ojo de su cerebro su gran nariz. Es verdad, es inestable, se siente vacío y, al salir del subterráneo, todos se quedan y él se vacía como una bañera tras el baño, como el armario de alguien que se va para siempre, como un cielo insípido. Vacío de fiesta y de derroche.
“Nadie podrá aguantarme. Esto no se me quita. Otra vez a casa. Insoportable. Ya estarán ahí los muditos. Tengo que volver esta semana a clase. El de computación no para”.
Hace dos años estuvo buceando en la unidad de adultos, un disgusto para sus padres, su novia y su hermano. Sigue nadando en un cielo de pastillas. Tiene miedo de sí mismo, a ser distinto y débil, a que le hagan daño, a pasarse de la raya, a pelearse.
“Mañana llamaré a Sonia. Voy a controlar, al menos, algunas asignaturas. No quiero subir ni bajar. Solo caminar por una línea recta, buscando la estación correcta, para llenarme y llenar el ambiente de algo más que aire viciado”.
Laura (madre de Martín). Hola, hijo, ¿qué tal el día?
Martín. Vengo muy nervioso hoy.
Laura. ¿Y eso?
Martín. Sonia.
Andrés(padre de Martín). ¿Qué pasa con Sonia? ¿Habéis discutido otra vez?
Martín. Papá, no quiero hablar del tema. Ya estoy harto. Además tengo que estudiar.
Luis. Bueno, céntrate, pero si necesitas hablar, aquí estamos.
Martín. De verdad, estoy bien.

“Los psicólogos hablan de dificultad para planificar las cosas. Me hacían relajarme y eso, pero lo único que me vale es intentar ser yo mismo, ilusionarme por algo. A veces hablo con otras personas por internet. Hasta he hecho amigos, aunque sea tan triste hacerlo por un ordenador y además con otros “enfermos”. A algunos amigos los perdí el año pasado. Era una discusión tras otra. Pero me quedan algunos. Ahora tengo un par de ellos en la universidad. Y Sonia es un tesoro. No encajo en la etiqueta que me ponen. Yo casi no tomo drogas, solo algún porro. Y no soy promiscuo. Me pregunto quién define lo que es normal o no. Pero sí tienen razón en que a veces tengo una tristeza de caballo. Tengo una canción de Michael Gray que me anima un poco. La usé para un trabajo de inglés y desde entonces la pongo de vez en cuando. Dice lo siguiente: Wired out waiting for the sign, cause you’re a risk and I’m borderline, algo así como muy enérgico, esperando la señal, porque tú eres un riesgo y yo estoy al límite.
Le pongo un mensaje a Sonia: Quiero hablar contigo. Lo siento. Te quiero. Esto me suele funcionar, aunque normalmente tarda un par de días en contestarme. Bueno, ahora estoy un poco rendido. Me voy a dormir”
“He despertado mucho mejor. He desayunado fuerte y hoy siento que tengo el control. Los nubarrones negros se van despejando en mi cabeza. Voy a pasar la mañana estudiando, a ver si con eso me olvido de todo. Pero primero quiero pensar un poco en mis cosas antes de empezar. Ahora mi hermano está en el trabajo. Es dependiente. Yo tengo veintidós años y no sé cómo acabaré. A veces me imagino que voy andando por una cuerda, como los trapecistas del circo, pero que la cuerda se va quemando y yo cada vez voy más rápido. A veces hasta es divertido. Me río. Lloro. Pego golpes a la mesa y empiezo a respirar como me enseñaron en la clínica. En el foro me han dicho que, en los años 20, cuando mi abuelo era joven, clasificaban a todos los que tenían un trastorno como locos. No sabían ni lo que eso significaba, así que lo medían en función del peligro que podían ser para la sociedad. Yo no estoy loco. Ni soy peligroso. Voy a ponerme a estudiar”
“Vaya, es la una. Creo que haré un descanso”
Martín. Hola, abuelo..jeje.
Mario. Hola, mozo, ¿cómo estás?
Martín. Muy bien.
Mario. ¿Le has dicho a tu madre que llamé anoche?
Martín. Sí, esta mañana, que me he levantado pronto. Creo que ni se enteró. Me ha dicho que luego llamaría cuando vuelva del trabajo.
Mario. Ah, vale…Te vas a estudiar luego, ¿no?
Martín. Sí, a las dos y media. Ahora un descanso y a comer.
Mario. ¿Cómo van esos ánimos?
Martín. Bien. ¿Y tú?¿Cómo llevas la pierna? ¿Sales a andar con la tía?
Mario. Sí, pero con el día que hace, hoy no. Está cayendo una…
Martín. Ya. Bueno, a ver si voy a verte. Ahora estoy muy liado.
Mario. Muy bien, hijo, cuídate. Un abrazo.
Martín. Venga, abuelo, un beso.
“Voy a hacer la comida. Recibo un mensaje de Sonia. En él dice: Hoy tengo mucho trabajo. Mejor hablamos mañana. Es un mensaje un poco escueto. No muestra cariño. Me empieza a temblar la mano que sostiene el teléfono. No pasa nada. Esto va por buen camino.
Me hago unos macarrones. Llega el momento. Voy camino del metro con mi paraguas en la mano, aunque ya solo caen cuatro gotas. Hoy voy con la hora pegada al culo. Me gustaría que saliera el arcoíris, pero eso no pasa mucho en la realidad. Solo en las canciones y en las poesías. Llego a la plataforma. Quedan dos minutos. He tenido suerte. Hoy estoy filosófico. El subterráneo me recuerda a los documentales sobre el agua. Nuestras vidas son pequeñitas y similares, como gotas. Minúsculas. Ecos de gotas de agua, que seremos al cruzar, para reunir las piezas rotas de la voz atropellada, que contusiona los actos de la voluntad rocosa. Restos de un equipaje que ha pasado, chorros de un porvenir que nos lleva a los valles del recelo y el carbono, a buscar el sentimiento que aún nos queda”.

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